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El Centro Dramático Nacional reinterpreta a Chéjov y da visibilidad a lo invisible con su gaviota

La reinterpretación de la obra de Chéjov sube a escena a un elemento que no suele tener visibilidad: la ceguera
El elenco de 'La gaviota' en el Centro Dramático Nacional bailando. Imagen cedida por el CDN.
El elenco de 'La gaviota' en el Centro Dramático Nacional bailando. Imagen cedida por el CDN.

Un día cualquiera entre semana en la sala Francisco Nieva del Centro Dramático Nacional las butacas se van llenando a medida que se acercan las 18:00 horas. Sin prisa aparente, el personal del teatro va acomodando a los y las asistentes. Entre ellos, una gran cantidad de perros guía que acompañan a algunos espectadores. 

Está a punto de empezar la obra La gaviota del dramaturgo Antón Chéjov. Desde el 9 de octubre y hasta el 10 de noviembre, la función se representa de martes a domingo sin descanso. El público, variopinto, disfruta de una dirección a cargo de Chela De Ferrari que no deja indiferente a nadie al salir de la función. Su telón, aunque imaginario, baja a la hora y cincuenta minutos, y los asistentes aplauden, salen y comentan la obra. 

El objetivo de la obra, el de Chéjov y el de la directora es claro: hacer visible lo invisible. De ahí el maravilloso personaje que acompaña al público y al elenco a lo largo de todo el espectáculo: la regidora, Alicia. Ella —interpretada por Macarena Sanz— acompaña a algunos personajes a sus posiciones, mueve la escenografía y rompe la cuarta pared en varias ocasiones. 

En la versión de la directora De Ferrari, los personajes chejovianos están representados con un humor punzante, una mezcla que envuelve toda la sesión, de inicio a fin, pese a la desazón vital que muestran personajes como Masha —interpretada por Patty Bonet—.

Gran parte del elenco son personas con discapacidad visual, y ese es un elemento que se entremezcla en el texto de Chéjov, que lo modifica creando una versión libre que permite ver mucho más allá de un drama de amores. Precisamente, esta versión acerca más al público a los personajes, pero también a los actores. Insertar parte de la vida privada de estos en el escenario hace de la obra una nueva visión.

La reinterpretación de la obra de Chéjov sube a escena a un elemento que no suele tener visibilidad: la ceguera. La ausencia entonces de escenografía, el paso a la imaginación y las marcas en el suelo permiten a todos los y las asistentes comprender de una manera más cercana una realidad común

Un enredo amoroso

Los personajes, en su gran mayoría, están enamorados de la persona equivocada. Mascha querría estar con el atormentado Konstantín (Eduart Mediterrani), pero él está enamorado de su fiel amiga Nina (Belén González del Amo) o, como ella firma la correspondencia, La gaviota.

La posición de Nina es más difícil. Ella desea ser actriz pero tiene una situación familiar compleja. Para huir de ella, decide marcharse del idílico paisaje que se muestra: un lago, una casa acogedora de verano… y cambiarlo por una ciudad llena de oportunidades: Madrid

Además, ella se enamora perdidamente de Boris (Agus Ruiz), un escritor al que admira profundamente. Boris es, a su vez, el novio de Arkadina (Lola Robles). Y Arkadina es una mujer plenamente enamorada (y necesitada) de Boris. Y es, también, la madre de Konstantín.

Todo este entramado tiene un final típico de un drama teatral: un tiro. Un tiro que deja un sabor no del todo amargo tras un espectáculo que lleva al que lo presencia desde la risa hasta la angustia. 

Baile, karaoke y teatro

A lo largo de los silencios dramáticos que la obra pauta, solo se escucha la diversidad y la inclusión a través del murmullo de la audiodescripción. La obra está adaptada para todo tipo de público. Excepto para aquellos, claro, que no disfruten de la mezcla de baile, canto y teatro. Los personajes bailan y cantan en varias ocasiones en el escenario. 

El Chéjov del siglo XXI ha llegado a Madrid y lo ha hecho a lo grande. Los personajes se desinhiben ante canciones de electrónica como Banana Brain de Die Antwoord y añaden un ritmo que propulsa la obra de teatro hacia cualquier discoteca madrileña. Por si el baile al son de Alors on danse de Stromade fuese poco, se intercala con una canción de desamor interpretada a karaoke por todos los actores y actrices.