La Compañía Daniel Abreu exhibe cuatro espectáculos en el Centro Danza Matadero del 19 al 22 de marzo
La serie de espectáculos que tendrán lugar en el Centro Danza Matadero comienza con La desnudez el 19 de marzo, una reflexión sobre la belleza, el amor y la vulnerabilidad, en la que Daniel Abreu, Premio Nacional de Danza 2014, junto a Dácil González, Premio Nacional de Danza 2019, profundizan en la intimidad de la esencia humana. El 20 de marzo, El hijo lleva la danza a un viaje entre lo tangible e intangible, explorando la relación padre-hijo entre luces y sombras. VAV, el 21 de marzo, reúne a cinco intérpretes en un mundo fantástico y conceptual. Finalmente, el ciclo se cierra con Es aquí el 22 de marzo, una meditación sobre el sentido de pertenencia.
La Desnudez
La obra es una propuesta poética sobre el saber quererse. Dos figuras en escena, apuntando una idea de polaridad y de viaje desde la muerte al amor. Donde acompaña la música, el músico, el sonido grave del viento en el metal. La desnudez responde a ese lugar de intimidad, donde ya no existen las preguntas. La belleza en la desnudez de lo que hay y lo que acontece. A veces lo sublime de una mano que toca e intercambia calor y sudor, y a veces quiere mal. Otras, el esfuerzo de ejercer el amor y sostenerlo. Se construye y se destruye, como el acto de la respiración.
Es una danza de lo que entra en cada universo y que trata de engullir para vomitar algo nuevo. Dos personas que provocan el impulso de estrechar los lazos pero queriendo mantenerlos flojos para poder desanudarlos rápido. La desnudez es un acto de muerte, como la exhalación; es sacarlo todo para que empiece algo nuevo y al mismo tiempo la desnudez es construir con la ilusión de que esto era lo definitivo.
El hijo
Las capas de la obra se mueven alrededor de un concepto que atrapa su curiosidad, en este caso, la descendencia. El hijo, habla del vínculo con los progenitores y con un lugar. De alguna forma, es entenderse como individuo que se desata, pero enredado muy profundamente en una repetición de formas y hechos. Algo que se puede explicar sólo de forma parcial, porque al fin y al cabo, el individuo siempre lleva consigo la reinterpretación de esa historia, como ecos.
Un hombre en la naturaleza: su llegada, la magia del nacer, el desarrollo ligado a lo primario y la cultura. Es a través de la poética de la imagen y del sonido, que se presenta a un descendiente, y que sin estar presentes hablo de progenitores, lugares y, sobre todo, de lo mágico. Y es que la danza permite la celebración de un estar vivos y tener una historia; la experiencia de ser hijo y su entusiasmo; la relación con los ciclos naturales y los sistemas; y en ello, el conjunto de reacciones adentro y afuera que hacen que uno exista.
VAV
VAV es la sexta letra del alfabeto hebreo y simboliza lo que une, lo que mantiene todo unido; un anzuelo, el enlace, la conjunción de cielo y tierra, de hombre y espíritu. Su definición rige las relaciones en general incluyendo las relaciones amorosas.
Esta obra, pensada para cinco intérpretes, representa la dicotomía necesaria para la existencia. La danza, la palabra, la distorsión de la luz y del sonido. Por un lado, el cuerpo animal que danza y por otro, la imagen a la que se ancla; un cuerpo físico y otro digital; lo sólido y la luz. Este trabajo comprende un punto de vista filosófico del estado de unión, del amor, de los vínculos con lo uno y lo otro. Danzar desde abstracciones o en algunos casos, términos amplios y polisémicos, que tratan de conectar con las referencias de cada uno. La pertenencia y esa imposibilidad de no ser parte de algo. El rito y el mito necesarios para esa unión y su permanencia. El contacto y ese mundo fantástico de sensaciones y sentidos que mueven.
Es aquí
Lo que nos lleva a este obra es la reflexión sobre un lugar que habitar. El valor que tiene el sentido de pertenencia, no sólo ante los grupos sino ante un territorio. El contacto de los pies con tierras que soportan y sujetan cuerpo e ideas. Al fin y al cabo, una parcela donde morir y sentirse parte. Pero todo esto se confronta con un tiempo en el que es mejor la conquista efímera y el lujoso derecho a cuatro muros y un tejado.
Cada vez se da más importancia a la experiencia, a esos entornos que visitar y manchar con el desenfocado vacío que nos viste. Ser turistas de profesión e ir conquistando lugares que acabarán perdidos, Dios sabe dónde. Viajeros que antes de partir esconden los ojos, los pies y la espalda. Se cargan con los aniversarios, los ruidos, el sabor del agua, planisferios, cajas de música e ideales que imponer en cualquier esquina que tenga más luz que la propia existencia. Fortalecer el derecho de pertenecer a todos los sitios a la vez, al 'yo estuve allí y me llevé esto'… desmantelar como rito y alimento, y solo volver al puerto de partida para desahogarse en nadie y rehacer la maleta.

