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‘La virgen roja’, aún en cines, tiene mucho que enseñar sobre la penetración de la violencia de género en la sociedad

El maltrato a uno de los personajes se conoce y la película muestra cómo la imagen política pasa por encima de la igualdad
Portada de la película 'La virgen roja'.
Portada de la película 'La virgen roja'.

Una mujer trabajadora. Una casa de dinero. Un trabajo de cuidadora, de limpiadora y de regenta de una casa no-propia. Todo esto es la vida —profesional— del maravilloso personaje de Macarena. Interpretada por la sevillana Aixa Villagrán, se proyecta en pantalla a un personaje redondo, con una fuerza y de una importancia inicialmente ocultas. Estamos ante la película La virgen roja. 

Macarena es un aparente personaje secundario que acompaña a lo largo de todo el filme al espectador. Ella, cuidadosa y cautelosa, quiere y mima a la hija de la casa, Hildegart. Hildegart es la protagonista indiscutible del relato. Una niña prodigio nace en el seno de una familia monoparental. Aurora, su madre, se desvive por hacer de ella la mujer intelectual de la época. 

Educada, intelectual y audaz, Hildegart Rodríguez Carballeira solo falla por su búsqueda incansable de libertad. Una escritora joven y con unas ideas que se plasmaron en sus ensayos, se vio envuelta en unas juventudes socialistas que le parecieron atractivas. Sin embargo, su madre no tenía en mente dejarle salir de sus límites, establecidos antes incluso de su nacimiento. 

Esta joven intelectual tiene sus mejores momentos de la infancia junto con Macarena, su cuidadora. Ella intenta darle ápices de libertad, dentro de sus posibilidades. Incluso le consigue un vestido que desprende color, no como los que acostumbra a llevar. 

Sin embargo, Macarena llega a su lugar de trabajo, y casa de Hildegart, golpeada por su marido. Madre e hija lo saben pero no saben cómo enfrentarse a ello (o eso parece en la película dirigida por Paula Ortiz). Ambas mujeres tratan de curarla con paños mojados y alguna medicina. Estamos en pleno apogeo de los años 20 y 30 en España y se hace notar: socialistas y anarquistas (hombres) se hacen con los espacios públicos como el Ateneo de Madrid. Debaten, crean y dominan la esfera pública de la izquierda española. 

El marido de Macarena es uno de ellos. Un anarquista con, según parece y se deja caer, una afición descontrolada por el alcohol. Él pega y maltrata a su mujer y es consciente de que se sabe. Sin embargo, nadie hace ni dice nada. Ellos pertenecen a un barrio más humilde, por el que Hildegart pasea más de una vez. En él, todo se sabe y todos lo saben, pero la imagen política parece pasar por encima de la igualdad, una vez más. 

Esta lucha es la que lleva Hildegart, la protagonista interpretada por Alba Planas, al Ateneo de Madrid en las reuniones con socialistas. Ella, de la mano de su madre Aurora, interpretada por Najwa Nimri, sube al estrado a hablar de algo que incomoda a la mayoría de los asistentes: ellas son la excepción. Son las únicas mujeres de la sala. La izquierda revolucionaria deja a las mujeres a un lado, sin contar, siquiera, con su voto. Fue en la Constitución de 1931 cuando, por primera vez en España, se permitió el voto femenino. 

Política e igualdad van de la mano en este filme en el que sus tres protagonistas femeninas tienen anhelos y una historia que contar. Sin desvelar el final de la película que se mantiene en pantallas, el maltrato y la violencia de género se ven como un problema de mujeres. Del que ellas hablan, se quejan y se curan, sin que llegue a ellos.