Martín Caparrós: “Los periodistas permitimos que circulen disparates absurdos sin hacer nuestro trabajo, que sería desmontarlos”
“¿Cómo vas a convencer a alguien que tiene 30 años y que vivió mal toda su vida de que no busque una alternativa? Lamentablemente, en estos momentos, las alternativas que se presentan tienen que ver con esa extrema derecha”“La izquierda se puso cada vez más identitaria, a defender cosas muy defendibles, pero que no son la preocupación de la mayoría de la población, que se siente de algún modo abandonada”
“Estamos en un momento tan desesperanzador que necesita un cambio y, con ese cambio, quizás pueda venir algún tipo de esperanza”
Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957) habla despacio y podría parecer muy seguro de sí mismo si no fuese porque a cada rato cuela un “Queseyó”, con el que excusa el no saber (del todo). Se despide con “Salud”, no pone mayúsculas en los correos electrónicos, es puntual. Estas son las conclusiones que se extraen de una interacción digital de 4 mails, una llamada telefónica y media hora de entrevista con el mítico cronista, historiador por la universidad de París, escritor, premio Planeta de Latinoamérica, premio Rey de España, premio Ortega y Gasset de Periodismo por su trayectoria profesional y un sinfín de etcéteras.
El próximo lunes 8 de abril, Caparrós participará del III Encuentro de creadores Iberoamericanos “Con acento”. Unas jornadas que llevarán a la Casa de México en Madrid el testimonio de más de 30 escritores y escritoras de España y Latinoamérica para reflexionar sobre el momento político que atravesamos. Sobre los peligros de la democracia, el compromiso de los intelectuales, la polarización de la sociedad, el feminismo o las fake news. Pero, sobre todo, sobre el papel que juegan los escritores e intelectuales en todo ello. Si es que juegan alguno.
Algunos fragmentos de la entrevista con Martín Caparrós
P. Buenos días Martín
R. Buenos días Andrea
P. En primer lugar te quería preguntar ¿Caos o esperanza? ¿Cómo ves el panorama de aquí a unos años?
R. Estamos en un momento que es tan desesperanzador que necesita un cambio, y con ese cambio quizás pueda venir algún tipo de esperanza. Hace 30 o 40 años que la mayor parte de América Latina vive en democracia y hace ese mismo tiempo que habíamos puesto muchas expectativas en esa democracia. Lamentablemente, las democracias latinoamericanas no han cumplido (…) Hay mucha gente en América Latina que la pasa mucho peor de lo que debería en regímenes democráticos. Entonces tiene sentido que no apoyen especialmente la democracia, sería una cuestión de fe. ¿Por qué van a sostener un sistema que no les da la salud que necesitan, la educación que necesitan, las posibilidades de vida que necesitan?
Algunos, por viejos, sabemos que, por ahora, las alternativas son peores todavía, mucho peores. Aquellas dictaduras, estos regímenes de derechas a la Bolsonaro o a la Milei… dejan a la gente mucho peor aún, sin trabajo, sin recursos, etc. Pero ¿cómo vas a convencer a alguien que tiene 30 años y que vivió mal toda su vida de que no busque una alternativa?
P. ¿Crees que se está sabiendo informar de los peligros de votar a la extrema derecha?
R. No, yo creo que claramente no. Los protagonistas de estas alternativas: Bolsonaro, Milei, Bukele… se han conseguido presentar como aquellos que podrían dinamitar las bases de un régimen corrupto, como los que podrían darle la vuelta a la situación, mejorarla…
En Argentina, que es el lugar que obviamente más conozco, millones de personas votaron a Javier Milei con esa expectativa. Y lo que están viendo en estos primeros tres meses de gobierno es un incremento extraordinario de la pobreza, una inflación loca, que los precios de los alimentos han subido muchísimo mientras que los salarios se han quedado clavados (cuando el asalariado en cuestión conserva su trabajo, porque en muchos casos están echando gente). Los resultados son todo lo contrario de lo que muchos esperaban.
¿No te esperabas esa victoria de Milei?
No, no realmente. O sea, la temía, pero ¿sabes qué pasa? Que los otros candidatos representaban de forma extrema estos últimos 20 años de desastre en la Argentina, de decepción absoluta, de mucha gente que había visto cómo se deterioraba su calidad de vida. Por ejemplo, la macrista Patricia Bullrich que ahora se volvió mileista, ministra del señor al que enfrentaba. Una mujer de la que Milei decía que era terrorista, que había puesto bombas en los jardines de infancia y que ahora es su ministra de Seguridad. Muy raro todo.
Entonces estaba claro que mucha gente quería votar contra ella, contra esos últimos 20 años. Y Milei consigue reunir todo ese cabreo, algo que es casi coherente porque él era el único candidato que salía por ahí insultando, gritándole a todo el mundo y yo creo que mucha gente se identificó con eso, con la rabia. Mucha gente lo votó sin tener mucha idea en realidad de cuál era su programa de gobierno. Lo que sabían es que se sentían identificados con ese cabrón.
El próximo lunes 8 de abril participarás del III Encuentro de creadores Iberoamericanos “Con acento”. Serás parte de la I mesa titulada: “Caos o esperanza ¿Cuál es el panorama entre literatura y poder en el siglo XXI?” ¿Ves relación entre literatura y poder en el momento en el que nos encontramos?
Me sorprende que se ponga literatura y poder en el mismo nivel, en la medida en que la literatura no ha hecho más que perder poder en los últimos 150 años. Actualmente, tiene muy poquito.
En la época de Émile Zola digamos, cuando se armó todo ese movimiento del “Yo acuso” de algún modo se inventó una forma de ser intelectual, de ser literato, que suponía que la literatura se podía usar para mejorar la sociedad donde vivíamos. Eso era en el siglo XIX. Yo creo que todo eso ahora no funciona y, si hay intelectuales públicos que puedan tener una influencia en la discusión en general, no son escritores. Son actores, músicos, influencers…
Por un lado, es una pena. Quiero decir, uno escribiendo novelas o libros ya no puede pensar que influye de una forma importante en la sociedad en la que vive. Por otro lado, es una invitación a jugar. Uno puede escribir sin tener ese peso. Uno puede escribir literatura, no literatura para conseguir tal o cual cosa.
¿Crees que hay mucha literatura en el periodismo que se hace ahora? ¿Crees que sobra, crees que falta? Porque al final la literatura, quieras que no, tiene una parte de mentira… ¿no?
No. Yo no creo en eso. Yo creo que la literatura incluye géneros que pueden darse el lujo de inventar lo que sea, como la novela. Y géneros que tienen que ceñirse a la realidad, como es la no ficción. En las crónicas o los grandes reportajes la mentira no tiene lugar. La única diferencia entre una novela y una gran crónica es que en la crónica tú haces un pacto con el lector, le dices: “mira, te voy a contar cosas que yo honestamente creo que son verdad”. Por supuesto te puedes equivocar, pero en principio el pacto es no contar nada que uno no crea cierto.
Fuera de eso, a mi lo que me impresiona es la cantidad de disparates que se dicen y sobre los cuales el periodismo no parece hacer demasiado.
¿Por ejemplo?
Milei dice, en casi cada discurso, que la Argentina fue hace 100 o 120 años “la primera potencia mundial”. Esto es totalmente falso. La Argentina nunca fue la primera potencia mundial. No es grave, en esa época probablemente era uno de los 10 países más prósperos, pero nunca fue la primera potencia mundial. Y cada vez que lo dice (y lo dice cada tres días) no salen los periódicos a decir: “El señor presidente mintió a los argentinos”. ¿Sabes? Cosa que deberían hacer, para eso estamos supuestamente, para poder chequear aquello que se dice o se hace y evitar que circulen las mentiras.
En España de algún modo pasa algo parecido con estos políticos que advierten contra la dictadura de Pedro Sánchez. Ahí yo creo que los periódicos tendrían que decir mire, una dictadura es un régimen así y así donde para empezar ningún político tendría la posibilidad de decir públicamente que en el país hay una dictadura.
¿Crees que es porque el periodista da por hecho que nadie va a pensar que algo así pueda ser cierto? O sea, no sé si hemos entrado en el enconamiento de “sólo hablo con gente que piensa como yo y no concibo que puedan existir otros puntos de vista”
Ahí si tienes un problema grave que viene sucediendo desde hace ya bastantes años y es este que defines. El hecho de que muchas veces creemos que el mundo es como las 30 personas a las que vemos más o menos frecuentemente y nos llevamos sorpresas espantosas.
Esto pasó claramente en el año 2016 cuando si no recuerdo mal hubo dos o tres eventos así muy fuertes que mostraron esto. La elección de Trump, el referéndum que convocó el presidente Santos para ver si la población aprobaba su proceso de paz con las FARC y el Brexit(...) El periodismo nacional e internacional, la élite intelectual no se lo esperaba y esto es grave. Es grave que nos encerremos en nuestras cúpulas y pensemos que todos son como nosotros porque entonces trabajamos para cuatro amigos.
Me recuerda a una frase de tu columna “Cháchara” en 5W en la que decías: “Por ahora le echamos la culpa a Donald Trump como si hubiera nacido de un repollo”
(…) Este tipo de líderes consiguen convencer a aquellos a los que van a arruinar más todavía de que son su salvación, pero no es solo su culpa sino también la de todos los que no sabemos de algún modo desenmascararlos. Porque no sabemos qué es lo que piensan y necesitan todos esos millones de personas que los votan.
Tiene que ver también con el hecho de que la izquierda se puso cada vez más identitaria, a defender cosas muy defendibles, pero que no son la preocupación de la mayoría de la población. Entonces esa población se siente de algún modo abandonada por una izquierda que debería ser la alternativa pero que no se presenta como tal.
Apuntes finales
Martín Caparrós cree que hay que escribir para un público que no existe, pero con la esperanza de que llegue a existir. Que hay que hacer información que, a día de hoy, no es lo que triunfa, que no es lo que se demanda, pero que es lo que la gente “necesita”.
Confía en los nuevos cronistas, en que se siga escribiendo bien y con propósito. Recomienda a Carlos Manuel Álvarez, a Joseph Zárate, a Oscar y Carlos Martínez. No cree que la subjetividad en la crónica sea una suerte de mentira y cree en el compromiso de verdad, aunque a veces la mentira se escape y haya que “agarrarla con un lazo”.