Sáb 25 mayo 2024
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Salud y Belleza

Anna Freixas: “No nos acercamos a la menopausia con la mente en blanco”

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La escritora y profesora Anna Freixas publica en “Nuestra menopausia” un relato plural contado por las mujeres que transitan este proceso vital

Desde el feminismo, la pensadora ofrece una perspectiva que rema contra la tendencia a medicalizar los procesos vitales de las mujeres

Felisa tiene 85 años, lleva viuda casi 5, medicada con Lorazepam y otros ansiolíticos desde que, a los 40, sufriese un aborto tardío. Se casó con un señor de su época que: trabajaba mucho, dormía poco y casi nunca estaba en casa. Crio sola a sus cinco hijos, cuidó de su hermana enferma de cáncer y más tarde de su padre, enfermo de Alzheimer. No tiene amigas porque dejaron de salir juntas cuando, a los 20, dejó de trabajar en la fábrica para dedicarse a su matrimonio. No habla con nadie en todo el día a no ser que se encuentre con algún vecino paseando o que reciba una llamada de su hija, la mayor, la única que la llama.

Felisa es un caso hipotético y a la vez es todas las mujeres de la generación de nuestras abuelas. Para ellas, la menopausia pudo ser un problema (tapado), una liberación (la de los embarazos no deseados), pero en ningún caso un tema de conversación.

Ana tiene 50 años. Acaba de empezar con la menopausia y de repente tiene tiroides, colesterol, el azúcar alto y la tensión por las nubes. Lleva trabajando desde los 15: de camarera, de limpiadora, de cajera, de recepcionista, de profesora… Hubo una época en la que tenía cuatro trabajos, tuvo que dejar dos para tener dos hijos. Aun así, no tenía tiempo: limpiar, cocinar, la casa, los niños, los trabajos, el marido. Y planchar y coser y llorar. Ana lleva medicada desde los 38, cuando murió su padre y tuvo que parar. Odió parar, aún lo odia.

Ana es un caso hipotético y a la vez es todas las mujeres de la generación de nuestras madres. Para ellas, la menopausia puede ser una amenaza: la de la vejez; una enfermedad a tratar con hormonas, el miedo a dejar de ser deseables, el pánico a parar. En ocasiones: un tema de conversación con las compañeras de trabajo, con las hermanas, con las cuñadas y las amigas. Una queja, un dolor, un síntoma.

¿Y para nosotras?

“Nuestra menopausia. Una versión no oficial”

En su libro Nuestra menopausia. Una versión no oficial la escritora feminista Anna Freixas reflexiona sobre qué significa dejar de menstruar en las sociedades occidentales. Desde la psicología, la neurociencia, la experiencia personal y la colectiva, Freixas se opone fehacientemente a la medicalización de las etapas vitales de las mujeres.

Según el último estudio de la Delegación del Gobierno para el Plan Nacional Antidrogas, fechado en octubre de 2023, España es el país del mundo que más tranquilizantes, ansiolíticos, hipnosedantes y benzodiacepinas consume.

En el caso de los ansiolíticos, las mujeres consumen un 83% más que los hombres; en el de los hipnosedantes, el doble que ellos.  En ambos casos, el consumo se da más en las mujeres mayores, de 75 y 85 años respectivamente.

En los últimos tiempos, con la llegada de las mujeres a los altos puestos médicos, a la investigación y a la academia, se ha intentado poner el foco en los procesos vitales que nos afectan. Desde los cambios neuronales durante el embarazo, hasta la falta de testeo en mujeres de algunos medicamentos como fue el caso de la vacuna contra el COVID-19; la veda se ha abierto con todo. ¿Por qué se medicaliza la menopausia si no se trata de una enfermedad? ¿Es segura la píldora anticonceptiva? ¿No queremos ser madres o (económicamente) no podemos serlo? ¿Tiene más sentido criar en pareja o en tribu? ¿Reduce el embarazo la esperanza de vida de las mujeres?

Menopausia y vejez

No nos acercamos a la menopausia con la mente en blanco. Nos acercamos con miedo, con una ristra de síntomas en la cabeza: los sofocos, el colesterol, el azúcar, el aumento de peso, la fragilidad en los huesos, la proximidad a la muerte.

La menopausia como sinónimo de vejez. Cuando lo cierto es que, con la esperanza de vida actual, incluso una mujer con una menopausia tardía aún se encuentra en el ecuador de su vida.

Se pregunta Freixas en su libro si los síntomas propios de esta etapa vital pueden tener más que ver con la vida que se ha llevado que con la menopausia en sí. ¿Tienes la tensión alta por la menopausia o por el estrés laboral? ¿Estás fatigada por la menopausia o por el peso de los cuidados que ahora se suman a una carrera para la que sigues sin tener tiempo? ¿Cuánto has forzado la máquina?

De las 135 mujeres encuestadas por Anna Freixas para su ensayo, muchas no relacionaban la menopausia con los problemas de salud que florecieron durante o después de la misma. Otras tantas sí lo hacían. La percepción generalizada de la menopausia como un problema se dio más en las “jóvenes”, en las que estaban atravesando los cambios hormonales en el momento presente; que en las “mayores”, que recordaban el fin de la regla con cariño e incluso con agradecimiento por suponer, en muchos casos, el fin de unas relaciones sexuales no deseadas o del miedo al embarazo.

Más allá de las diferencias perceptivas entre las mujeres occidentales jóvenes (entiéndase por jóvenes que lleven menos de 3 años con la menopausia) o mayores, están las diferencias culturales. Así en contraposición con el terror menopáusico de las sociedades occidentales o europeístas, están aquellos lugares donde las mujeres mayores se consideran más sabias, más bellas y en definitiva “por encima” de las jóvenes en la escala social.

Freixas dice: “en las culturas en las que se venera a las personas mayores, la menopausia se considera un rito de transición que las sitúa en un nuevo estatus en el que gozan de nuevos privilegios”.

Por ejemplo, en la tribu lakota siux, se ve la menopausia como un signo de madurez, solo después de la menopausia las mujeres pueden ser matronas o médicas. En el pueblo navajo las mujeres viejas “caminan hacia la belleza”, de la misma manera que en las culturas precristianas europeas y en el antiguo Egipto se consideraba a las mujeres mayores mujeres más empáticas y que además poseían la capacidad de curar. Algo parecido sucede en las culturas asiáticas, donde las mujeres menopáusicas disfrutan de un mejor estatus social.

Con los datos en la mano, es interesante destacar que tanto las japonesas como las mujeres mexicanas mayas no presentan apenas síntomas físicos durante la menopausia, mientras que un 80% de las mujeres occidentales refieren sofocos y calores nocturnos.

Descubrimientos… ¿en marcha?

Lo cierto es que aún se sabe muy poco sobre menopausia y salud. No sorprende si tenemos en cuenta que hasta 2024 desconocíamos que la menstruación se produce por el funcionamiento de ciertos ritmos circadianos internos.

Se sabe que dejar de menstruar no es una enfermedad, aunque el cambio hormonal tiene su impacto en aspectos como la sequedad vaginal o la sensación (normalmente transitoria) de aumento aleatorio de la temperatura corporal. Cuesta muchas veces discernir entre los “síntomas” menopáusicos y los propios de la edad, entre la experiencia y la neurosis colectiva que asocia menopausia a decrepitud y vejez.

En una entrevista con Julia Otero, Anna Freixas habla sobre el ciclo de la vida: los padres cuidan a los hijos para después invertir los roles y que sean los hijos quienes cuiden de los padres. Me viene a la mente una frase terrorífica que mi madre repite mucho: “cuando no pueda valerme por mí misma, yo prefiero no estar”. Más allá de lo horrible que es pensar en eutanasiar a tu propia madre, la frase sirve para ejemplificar el miedo que nos da dejar de ser productivos, útiles, autosuficientes. En un sistema capitalista que, en pos de la productividad, medica la tristeza, infiltra las lesiones, hormona los procesos vitales y expulsa al disco, al discapacitado, al viejo e incluso al pobre, los cuidados pueden ser una suerte de resistencia.

Y más allá de la ciencia, de los necesarios avances en materia de salud femenina y feminista (cabe destacar el libro Neuromaternal de la Dra. Susana Carmona sobre los cambios neuronales que se producen durante el embarazo, la adolescencia y la menopausia) está nuestra capacidad para decidir cómo queremos “envejecer”.

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